Nos empeñamos todos en culpar al gluten de la hinchazón, cuando es este azúcar del trigo el que fermenta en el colon durante horas

El pan recién horneado en la mesa, esa hinchazón que aprieta el pantalón dos horas después de comer pasta, la promesa incumplida de sentirse «ligera» tras eliminar el gluten de la dieta. Miles de personas en España han hecho ese experimento: fuera el pan, fuera la pasta, fuera cualquier cosa con trigo. Y sin embargo, muchas siguen hinchadas. La explicación, según la ciencia más reciente, no tiene nada que ver con el gluten. Tiene que ver con un azúcar del que casi nadie habla: el fructano.

Franchement, es el típico error de diagnóstico casero. Comemos pan, nos hinchamos, culpamos al gluten porque es la palabra que todo el mundo conoce. Pero el gluten es una proteína, no un azúcar, y las proteínas no fermentan en el colon de la misma manera que lo hacen ciertos carbohidratos de cadena corta. Muchas personas piensan que su malestar gástrico está causado por el gluten de los alimentos que comen, pero nuevas investigaciones muestran que el gluten podría no ser el culpable después de todo.

Lo esencial

  • El gluten podría no ser el culpable de tu hinchazón tras comer pan
  • Un azúcar llamado fructano fermenta en el colon generando gases durante horas
  • La fermentación tradicional reduce fructanos pero mantiene el gluten intacto

El verdadero sospechoso se llama fructano

Los fructanos son cadenas cortas de azúcares presentes de forma natural en el trigo, y también en la cebolla, el ajo o las alcachofas. El intestino delgado humano carece de las enzimas necesarias para romperlos, así que pasan intactos hasta el intestino grueso. Ahí es donde empieza el problema real. Al llegar al intestino grueso, esa gran cantidad de carbohidratos no digeridos se convierte en un festín para nuestras bacterias intestinales, que se lanzan a fermentarlos produciendo gases como hidrógeno, metano y dióxido de carbono.

Ese festín bacteriano no es instantáneo. Se prolonga durante horas, lo que explica por qué la hinchazón no aparece nada más terminar de comer, sino que va creciendo a lo largo de la tarde, como una marea lenta. Estos son tipos de carbohidratos de cadena corta que se absorben mal en el intestino delgado y absorben agua y fermentan en el colon. El resultado es doble: gas que distiende las paredes intestinales y agua retenida que añade presión. Una combinación incómoda, sí, pero perfectamente natural en cualquier sistema digestivo, aunque no todos la notemos igual.

Los fructanos pertenecen a la familia de los FODMAP, el acrónimo inglés que designa a los oligosacáridos, disacáridos, monosacáridos y polioles fermentables. Los oligosacáridos incluyen fructanos e inulina, que se encuentran en alimentos como el trigo, la cebolla y el ajo. El trigo, protagonista habitual de la mesa española (pan, pasta, bollería, cerveza), resulta ser una de las fuentes más concentradas de este azúcar concreto.

Lo que demostró el estudio noruego

La prueba más contundente llegó de Oslo. Un equipo de investigadores diseñó un experimento con 59 personas que se consideraban sensibles al gluten, aunque ninguna tenía celiaquía ni alergia al trigo diagnosticada. Los 59 participantes fueron sometidos a pruebas durante varias semanas comiendo tres tipos distintos de barritas de cereales: una contenía gluten, la segunda fructanos, y la tercera era un placebo sin ninguno de los dos. Todas las barritas sabían igual, así que los sujetos no sabían cuál estaban comiendo.

El resultado. Bluffant, como dirían en Francia. Los investigadores descubrieron que los sujetos solo desarrollaban hinchazón y otros síntomas del síndrome del intestino irritable después de comer las barritas que contenían fructano. La barrita con gluten puro, la que en teoría debía provocar el malestar, apenas causó reacción alguna.

Otro estudio, publicado en la revista Gastroenterology, confirmó la tendencia con datos concretos: los síntomas del síndrome del intestino irritable, especialmente la hinchazón, fueron un 15% peores tras comer la barrita de muesli con fructano en comparación con el placebo, mientras que la barrita con gluten no tuvo ningún efecto sobre los síntomas. Ese mismo trabajo señaló que, de todos los síntomas medidos, la hinchazón fue la única dimensión del cuestionario que mostró una respuesta significativa al reto con fructano.

¿Significa esto que el gluten es completamente inocente para todo el mundo? No exactamente, y aquí conviene matizar. Existen personas con sensibilidad real al gluten no celíaca, además de quienes reaccionan a otros componentes del trigo como los inhibidores de amilasa-tripsina. Pero para el grueso de la población que se hincha tras comer pan y decide eliminar el gluten sin mejorar del todo, el fructano explica mucho mejor lo que está pasando.

Qué hacer con esta información en la cocina de cada día

La buena noticia es que no hace falta desterrar el trigo de por vida ni convertir la cocina en un campo de minas. Existen matices que cambian bastante el panorama, y el primero tiene que ver con la fermentación. La fermentación tradicional de la masa madre reduce el contenido en fructanos mientras mantiene el gluten intacto. Es decir, un pan de masa madre bien fermentado, con tiempos largos de reposo, puede resultar mucho más digerible que una baguette industrial, aunque ambos contengan la misma cantidad de gluten.

La cantidad también importa, y mucho más de lo que solemos pensar. Una ración pequeña de pan puede pasar desapercibida mientras que un plato copioso de pasta desencadena el festín bacteriano completo. No es una cuestión de todo o nada, sino de dosis y de tiempo de fermentación previo del alimento.

Para quienes sospechan que su malestar va más allá de una simple sensibilidad puntual, existe un protocolo clínico serio: la dieta baja en FODMAP, que se sigue siempre de forma temporal y guiada por un profesional, nunca como restricción indefinida por cuenta propia. Una dieta baja en FODMAP puede ayudar a aliviar los síntomas del síndrome del intestino irritable, como el dolor abdominal, la distensión, el gas y la diarrea, al reducir la fermentación y la producción de gas en el intestino. El objetivo no es eliminar para siempre, sino identificar el umbral personal de tolerancia y luego reintroducir con criterio.

Queda la pregunta incómoda, la que de verdad importa más allá de las etiquetas «sin gluten» que llenan los supermercados: ¿cuántas de las personas que hoy pagan de más por productos sin gluten podrían, simplemente, estar comiendo el pan equivocado, hecho con la fermentación equivocada, en la cantidad equivocada?

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