Dejé el móvil de mi hijo cargando en su mesilla solo para que no lo perdiera: el día que vi la hora de los avisos del grupo de clase, entendí de dónde venía su mal humor

Las 23:47. Ese fue el primer número que se me quedó grabado, iluminando la pantalla del móvil de mi hijo desde la mesilla de noche. No lo había cogido para curiosear, lo juro, simplemente cargaba ahí porque él siempre lo perdía entre las sábanas. Pero la pantalla se encendió sola, un aviso tras otro, y sin querer vi la hora. Once y cuarenta y siete de la noche, y el grupo de clase seguía activo.

Llevaba semanas preguntándome por qué mi hijo se levantaba con esa cara. Ya sabéis, esa mezcla de sueño y hostilidad que hace que cualquier «buenos días» suene a provocación. Achacaba su mal humor a la edad, a las hormonas, a ese cóctel imposible que es la adolescencia. Y en parte tenía razón, claro. Pero faltaba una pieza del puzzle, y esa noche, mirando fijamente aquella pantalla que no dejaba de vibrar, entendí cuál era.

Lo esencial

  • ¿Por qué tu hijo se despierta con esa cara de hostilidad cada mañana?
  • Un grupo de clase activo a las 23:47 puede fragmentar el sueño sin que se note
  • Los adolescentes sin dormir bien no solo están cansados: su regulación emocional colapsa

Lo que ocurre en el móvil mientras creemos que duermen

No soy la única madre a la que le ha pasado esto. Un estudio de la Universidad de California en San Francisco muestra hasta qué punto el uso del teléfono móvil durante las noches de entre semana podría estar interrumpiendo el sueño vital de los adolescentes, con un promedio de más de 50 minutos de uso entre las 10 de la noche y las 6 de la mañana, y casi la mitad de los adolescentes usándolo entre la medianoche y las cuatro de la madrugada. Cifras que, confieso, me dejaron bastante fría cuando las leí después de aquella noche.

La explicación tiene más matices de los que parece. Mirar el teléfono a altas horas de la noche puede retrasar la hora de acostarse, pero el zumbido, el timbre y la luz de las notificaciones también pueden fragmentar el sueño durante toda la noche, y existe además un ciclo de hábito asociado a revisar el teléfono inmediatamente después de despertarse: cuando suena una notificación en medio de la noche, el reflejo inmediato es revisar el teléfono. Es decir, no hace falta que se queden enganchados horas y horas. Basta con que el grupo de clase decida despertarse un rato a debatir quién copió en el examen de mates para que el sueño de toda la casa se resienta.

Y aquí viene el dato que de verdad me inquietó: el 17 % de los adolescentes reportó que se despertaba por llamadas telefónicas, mensajes de texto o correo electrónico mientras dormía al menos una vez por noche. Mi hijo, sospecho, entraba en esa estadística casi cada día laborable.

El mal humor no era casualidad, era falta de sueño

Lo que más me sorprendió no fue el dato del uso nocturno, sino lo que provoca. Los padres dicen que a los niños les cuesta levantarse temprano por la mañana, sus calificaciones están bajando y están irritables y de mal humor. Punto por punto, mi propia experiencia doméstica convertida en estadística. Casi daba vergüenza reconocerme tan literalmente en un informe.

Hay un experimento que resume perfectamente por qué unas pocas horas de sueño perdidas cambian el carácter de cualquiera, y más aún el de un cerebro adolescente en plena obra. En un estudio de 2013, un grupo de adolescentes sanos de entre 14 y 17 años participó en un experimento que comparó una semana con 6 horas y media de sueño frente a una semana con 10 horas, y los participantes se calificaron a sí mismos como ligeramente más ansiosos, enojados, confundidos y fatigados durante el período de restricción del sueño. Ansiosos, enojados, confundidos. Suena exactamente al desayuno en mi cocina durante aquellas semanas.

La función cognitiva tampoco sale indemne. Dormir de manera insuficiente puede afectar a las personas de numerosas maneras, y para los adolescentes, que están en una edad en la que el cerebro y el cuerpo se están desarrollando, la pérdida de sueño tiene consecuencias aún mayores: la función cognitiva se ve afectada cuando el cuerpo no está bien descansado y la regulación emocional empeora con un mal sueño. Traducido al lenguaje de andar por casa: sin dormir bien, cualquier comentario inocente se convierte en drama, y cualquier deber escolar en una montaña insalvable.

Más allá del sueño: el peso social de esos grupos

Porque, seamos honestas, el problema no es solo la falta de descanso. Es lo que circula por esos chats a horas intempestivas. Para los adolescentes de la generación digital, descubrir que uno no está en el grupo de WhatsApp de clase, que es el único que ha quedado fuera de un chat paralelo, o que le han expulsado sin explicación, no es una simple anécdota: es la señal clara de que ha dejado de contar. Cuando revisé, con su permiso, algunas conversaciones de aquellas noches, entendí que mi hijo no solo perdía sueño: estaba pendiente de si seguía formando parte de algo, de si algún comentario le señalaba, de si el silencio de un compañero significaba distancia o simple cansancio.

La magnitud del fenómeno no es anecdótica. Según la última Encuesta sobre Equipamiento y Uso de TIC del INE, el 67,9 % de los menores de 10 a 15 años en España usa teléfono móvil y más del 96 % navega por Internet. Prácticamente toda una generación conectada, disponible, expuesta a la conversación colectiva las veinticuatro horas. Y ojo, porque el ejemplo no nace de la nada: la Academia Estadounidense de Pediatría recomienda que las familias elaboren un plan de uso de medios digitales para el hogar, uno que los padres también puedan seguir, ya que la investigación demuestra que el uso de pantallas por parte de los padres es uno de los factores que más influyen en el uso de pantallas por parte de los preadolescentes. Ahí me tocó mirarme también a mí misma y a mi propia costumbre de responder correos a medianoche.

Desde aquella noche, el móvil de mi hijo carga en la cocina, no en su mesilla. Una decisión sencilla, casi ridícula por lo obvia, que sin embargo cambió las mañanas en casa. El mal humor no desapareció del todo (sigue siendo un adolescente, al fin y al cabo), pero sí bajó varios grados. Lo que me pregunto ahora es cuántos otros padres tienen, sin saberlo, ese mismo grupo de clase susurrando toda la noche a apenas un metro de la almohada de sus hijos.

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