El bote de miel que tenía en la despensa llevaba la palabra «puro» grabada en letras doradas, casi como un sello de confianza. Durante años pensé que esa palabra bastaba para dormir tranquila: nada de azúcares añadidos, nada de trampas, solo abejas trabajando. Cuando la asociación francesa UFC-Que Choisir decidió analizar en laboratorio treinta tarros comprados en supermercados y tiendas bio, la certeza se resquebrajó bastante más de lo que esperaba.
El estudio no se limitó a mirar etiquetas. Se analizó en laboratorio la frescura de 30 referencias de mieles de acacia o multiflorales, compradas en supermercado o en tienda bio, y se buscó la presencia de diferentes contaminantes tóxicos y posibles señales de fraude, ya fuera sobre los orígenes geográficos o botánicos anunciados, o mediante la adición de siropes de azúcar. Es decir, todo lo que un consumidor normal no puede detectar con la vista ni con el paladar.
Lo esencial
- ¿Qué encontraron en los 30 tarros que compraron en supermercados y tiendas bio?
- La palabra ‘puro’ en la miel no está amparada por ley: descubre qué significa realmente
- Cuatro de cada diez mieles bajo sospecha no eran conformes según las autoridades francesas
Lo que salió de los treinta tarros analizados
El resultado, dicho sin adornos, fue desigual. El análisis se centró en la frescura del producto, la ausencia de toxinas vegetales (alcaloides de pirrolizidina) y sobre todo la autenticidad del origen geográfico; de los 30 botes probados, muchos decepcionaron: 17 se consideraron de calidad «correcta» y 6 directamente «poco recomendables» por su falta de frescura o su contenido en contaminantes. Solo un puñado, siete en total, superó con nota todos los criterios de pureza botánica y respeto de la denominación indicada en el envase.
Lo que más me inquietó no fueron los seis tarros deficientes, sino la enorme franja intermedia. Un «correcto» suena tranquilizador en la estantería, pero en la práctica significa que el producto cumple lo mínimo exigible, sin brillar en nada. Y ese matiz, claro, no aparece nunca en el etiquetado.
La palabra «puro» no significa lo que yo creía
Aquí viene la parte que de verdad cambió mi forma de comprar. En Francia, donde se realizó el estudio, las expresiones como «miel natural» o «miel puro» no están autorizadas legalmente en el etiquetado, precisamente porque no aportan ninguna garantía adicional sobre la composición real del producto. La normativa europea, de hecho, es tajante en el fondo: el miel debe ser un producto puro, sin ningún añadido de ninguna sustancia. En teoría, todo el miel vendido ya debería ser «puro» por definición legal. En la práctica, las inspecciones cuentan otra historia.
La adulteración más habitual consiste en mezclar el miel con siropes de azúcar mucho más baratos, una técnica que se ha vuelto tan sofisticada que resulta difícil de detectar sin análisis isotópicos en laboratorio. La fraude consiste en añadir siropes de azúcar al miel, y las mieles procedentes de Asia están muy a menudo adulteradas. China concentra buena parte de las sospechas del sector apícola europeo, aunque conviene no caer en el simplismo de pensar que el problema viene solo de fuera.
Los datos oficiales tampoco invitan al optimismo. En su última investigación, en 2024, la DGCCRF constató que más del 40% de los mieles controlados no eran conformes; sus muestreos se dirigían a lotes sospechosos, por lo que ese porcentaje probablemente sea superior a la realidad del mercado, pero ilustra la magnitud del fenómeno. Cuatro de cada diez, entre los lotes bajo sospecha. La cifra da que pensar la próxima vez que uno pasa el dedo por la etiqueta sin fijarse en nada más.
Cómo mirar un tarro sin que te la den con azúcar
El origen geográfico es otro terreno resbaladizo. Desde 2022, indicar el país de recolección es obligatorio en los envases fabricados en territorio de la Unión Europea, pero eso no impide ciertos trucos visuales. Una investigación mostró la tendencia de varias marcas a «olvidar» mencionar ese origen y a afrancesar mieles potencialmente importadas, gracias a la presencia en la etiqueta de banderas tricolores, un mapa señalando el lugar de envasado, pero no el de recolección, o la dirección del envasador, sin indicar tampoco la recolección. Traducido a nuestro contexto: una bandera bonita en el bote no dice absolutamente nada sobre dónde volaron las abejas.
El precio, por raro que parezca, también es un indicador fiable. Si el precio es demasiado bajo, no hay que esperar calidad: el origen chino y la adición de sirope de glucosa aumentan cuando el precio baja. Pero ojo, porque el extremo contrario tampoco es garantía absoluta: tampoco merece la pena gastar sumas desorbitadas por un producto que sigue siendo, al fin y al cabo, azúcar, y para los productos «de moda» muy caros como el miel de manuka, los riesgos de fraude también aumentan. Ni lo barato ni lo carísimo blindan del todo contra el engaño.
Otro detalle que se me había pasado siempre por alto: comprar directamente al apicultor no equivale automáticamente a comprar seguro. Menciones como «envasado por el apicultor» o «seleccionado por el apicultor» deben despertar la vigilancia, ya que no garantizan que el miel provenga exclusivamente de su propia cosecha. A veces la venta directa, sobre todo en años de cosecha escasa, esconde mezclas que nadie declara con claridad.
Después de leer el estudio, cambié de rutina de compra. Ya no busco la palabra bonita en la etiqueta, sino el número de lote, el país de recolección escrito con letras claras y, sobre todo, evito los tarros con el precio más bajo del lineal como si fueran una ganga imperdible. No sé si algún día habrá un método infalible para distinguir el miel de verdad del que solo lo parece, pero mientras tanto, ¿cuántas otras etiquetas de nuestra despensa merecerían la misma sospecha?
Sources : tigoo-miel.com | quechoisir.org