Ese olor. Ese ligero tufo a cerrado que se pega a las toallas del baño o a las sábanas del armario en cuanto termina agosto. No es suciedad, es humedad acumulada durante semanas de calor, sudor ambiental y ventanas cerradas por el aire acondicionado. Y si no se ataja ahora, en septiembre se convierte en moho instalado en las esquinas y en ropa que huele a naftalina por mucho suavizante que se le eche.
El verano, paradójicamente, es una de las temporadas que más humedad deja en las casas españolas. La combinación de aire acondicionado (que enfría pero no siempre deshumidifica bien), duchas frecuentes, toallas de playa tendidas en cualquier sitio y esa costumbre tan extendida de cerrar persianas a cal y canto para combatir el calor, crea el caldo de cultivo perfecto para la condensación. Llega septiembre y toca hacer inventario. Y actuar.
Lo esencial
- ¿Por qué cerrar las persianas y el aire acondicionado crean el caldo de cultivo perfecto para la humedad?
- Existe un método de ventilación que casi nadie hace bien, pero cambia completamente los resultados
- Un simple vinagre blanco en la lavadora elimina el olor a moho mejor que cualquier perfume
Ventilar bien no es solo abrir la ventana cinco minutos
Aquí está el primer error, y es de los que casi todo el mundo comete. Ventilar de forma correcta no consiste en entreabrir una ventana mientras se hace la cama. Consiste en generar corriente cruzada: abrir puertas y ventanas opuestas de la vivienda durante diez o quince minutos, preferiblemente a primera hora de la mañana o al anochecer, cuando el aire exterior está más fresco y menos cargado de humedad relativa.
La clave está en la palabra cruzada. Un solo hueco abierto renueva poco aire; dos huecos enfrentados generan un flujo real que arrastra la humedad acumulada en armarios, baños y cocinas. Los armarios empotrados, de hecho, merecen mención aparte: son auténticas cámaras de condensación si llevan meses cerrados con ropa de invierno dentro. Abrirlos de par en par durante la ventilación general, aunque sea diez minutos, marca una diferencia notable.
Hay un dato que sorprende a mucha gente: ventilar en las horas de más calor del mediodía en verano puede ser contraproducente, porque el aire exterior a veces contiene más vapor de agua del que parece. Septiembre cambia las reglas. Con las temperaturas empezando a bajar, las mañanas y las últimas horas de la tarde vuelven a ser el momento ideal, como en cualquier estación fría.
Deshumidificar: cuándo basta con el aire y cuándo hace falta un aparato
Ventilar soluciona buena parte del problema, pero hay estancias donde el aire por sí solo no llega: baños sin ventana exterior, trasteros, garajes convertidos en cuarto de plancha, sótanos. Ahí es donde entra en juego el deshumidificador, un electrodoméstico que ha pasado de ser un capricho a convertirse en algo bastante habitual en los hogares españoles, sobre todo en zonas de costa donde la humedad ambiental es estructural, no solo estacional.
Según indica el Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE), mantener una humedad relativa interior entre el 40% y el 60% es lo recomendable tanto para el confort como para evitar la proliferación de ácaros y hongos. Por debajo de ese rango el ambiente reseca las vías respiratorias; por encima, favorece la condensación en paredes frías y el desarrollo de moho, especialmente en las orientaciones norte de la vivienda.
Para quien no quiera invertir en un aparato eléctrico, existen alternativas más artesanales que funcionan razonablemente bien en espacios pequeños: los absorbedores de humedad con sales, colocados en armarios o rincones poco ventilados, o el clásico truco del carbón activado en un cuenco, que absorbe tanto la humedad como los olores. No hacen milagros en una habitación entera, pero en un armario o un zapatero cumplen de sobra.
Rescatar los textiles: la parte que casi nadie hace bien
Aquí llega la parte menos glamurosa pero más urgente. La ropa de cama, las toallas, las cortinas y, sobre todo, la ropa de invierno que ha pasado meses guardada, suelen salir del armario con ese olor característico a humedad rancia que ningún perfume disimula del todo. Y el impulso habitual, meterlas directamente a lavar con más detergente del habitual, no siempre funciona.
El truco real está en el vinagre blanco. Añadir medio vaso al tambor de la lavadora junto con el detergente neutraliza el olor a moho de forma mucho más eficaz que perfumar la colada, porque actúa sobre el origen del problema, las bacterias responsables del olor, en lugar de taparlo. Para los textiles que no admiten lavadora, como algunos edredones o mantas de lana, airearlos al sol directo durante varias horas hace un trabajo sorprendentemente bueno: los rayos ultravioleta tienen un efecto desinfectante natural que muchas veces se subestima.
Con la ropa que ya presenta manchas de moho, esas motas oscuras que aparecen en los pliegues de las prendas guardadas, conviene actuar antes de lavar. Frotar la zona con un cepillo suave en seco para retirar las esporas superficiales, y después tratarla con agua oxigenada diluida antes del lavado habitual, suele salvar prendas que a simple vista parecían perdidas.
Las toallas merecen un capítulo propio, porque son las grandes olvidadas de este ritual. Tienden a acumular humedad residual incluso después de lavadas si no se secan del todo antes de guardarlas en el armario, y ese es precisamente el motivo por el que muchas huelen mal a los pocos días de estrenarlas. Dejarlas secar completamente al aire, y no doblarlas hasta comprobar que están secas al cien por cien también en las costuras, evita que el problema se repita en cuanto llega el otoño de verdad.
Queda una pregunta pendiente para quien viva en zonas especialmente húmedas, cerca del mar o en plantas bajas: ¿merece la pena instalar ventilación mecánica controlada, o basta con mantener estos hábitos estacionales? La respuesta probablemente dependa de cuántas veces al año se repita este ritual de rescate textil.