El carrito de la compra habla. Y lo que dice, semana tras semana, es que el pollo gana. Siempre el pollo. La pechuga envuelta en film, el muslo listo para el horno, el filete en lonchas para la sartén de los cinco minutos. Una rutina tan asentada que ya ni nos planteamos si existe algo mejor. Existe. Y los nutricionistas llevan años señalándolo sin demasiado éxito: la carne de conejo, esa pieza que desapareció silenciosamente de nuestras mesas sin que nadie presentara una queja formal, acumula un perfil nutricional que, sobre el papel, supera al pollo en varios aspectos clave.
El dato es elocuente y merece pararse un momento: el pollo es el más popular en los hogares españoles, mientras que otros tipos de carne, como el conejo, cada vez se consumen menos; sin embargo, según la Fundación Española de la Nutrición (FEN), es la que mayor cantidad de proteínas ofrece. Más proteínas que el pollo. Menos presencia en el carrito. Ahí está la paradoja.
Lo esencial
- Contiene 23g de proteína por 100g frente a los 20g del pollo, pero nadie lo sabe
- Es la única carne blanca con niveles significativos de omega-3, normalmente asociado al pescado
- España produce el 40% del conejo de la UE, pero su consumo cae un 9% anual mientras sube el pollo
El campeón silencioso de las proteínas
Cuando los nutricionistas hablan de proteína animal de calidad, el pollo aparece como referencia casi automática. Pero la comparación directa no le favorece tanto como se piensa. Si hay algo en lo que destaca la carne de conejo es por su elevado contenido en proteínas: contiene 23 gramos por cada 100 gramos de carne, frente a los 20 gramos por cada 100 gramos del pollo. Una diferencia que, multiplicada por tres o cuatro raciones a la semana, se vuelve muy relevante para cualquier persona que cuide su alimentación.
Pero la proteína es solo el principio. La carne de conejo brinda al organismo un elevado aporte de proteínas de alta calidad biológica, minerales como calcio, hierro, zinc, magnesio, yodo, potasio, selenio y fósforo, vitaminas hidrosolubles del grupo B (B12, B3 y B6), A y E, y sustancias antioxidantes. Por el contrario, contiene bajos niveles de colesterol, ácidos grasos saturados, sodio, hidratos de carbono, ácido úrico y purinas. Un perfil que, para quienes cuidan su corazón, su peso o simplemente quieren comer bien, resulta difícil de superar.
Hay un detalle que sorprende incluso a quienes ya conocen sus bondades: la carne de conejo ofrece un excelente equilibrio de ácidos grasos y es más rica en omega-3 que el pollo o la carne de cerdo. El omega-3, ese ácido graso que habitualmente buscamos en el pescado azul, aparece aquí en una carne blanca. Inesperado, efectivamente.
Para el corazón, el argumento es sólido. La carne de conejo es una de las carnes con menos contenido de colesterol, con tan solo entre 26,5 mg y 37,5 mg por cada cien gramos. Está incluida en el Programa de Alimentación y Salud de la Fundación Española del Corazón como alimento cardiosaludable (PASFEC) dentro del grupo de carnes blancas. No es un dato menor: pocos alimentos cárnicos tienen ese aval explícito.
Qué ha pasado con el conejo en España
España, paradójicamente, es el mayor productor de carne de conejo de la Unión Europea. Y sin embargo, sus propios ciudadanos cada vez lo compran menos. España cerró 2024 con 33.927 toneladas de carne de conejo (-8,3% interanual) y 27,5 millones de animales sacrificados (-8,1%). El descenso consolida la tendencia a la baja iniciada en 2015 y se acompaña de una caída del consumo en los hogares del 7,3%.
Los datos del Ministerio de Agricultura son aún más explícitos en su contraste. Mientras que la compra de carne de vacuno, pollo y cerdo crece (2,1%, 7,2% y 5,6%, respectivamente), la de carne fresca de conejo disminuye un 9,0%. El pollo sube. El conejo baja. Y esto ocurre mientras los expertos en nutrición señalan exactamente la dirección contraria.
Esta caída de consumo es especialmente pronunciada entre los jóvenes y las nuevas generaciones de consumidores, que han reducido su presencia de carne de conejo en la dieta, en parte por desconocimiento culinario y por asociaciones culturales negativas. Ahí está el nudo del problema. No es una cuestión de precio, ni de disponibilidad en el supermercado. Es, en gran medida, una cuestión de imagen y de costumbre.
«Dentro de la ganadería española, pocos sectores atraviesan tantas dificultades como el cunícola. La falta de relevo generacional, el encarecimiento de la mano de obra, la electricidad, los piensos y los combustibles han puesto contra las cuerdas a muchas explotaciones, que además ven cómo la carne de conejo pierde espacio en los mostradores de las carnicerías.» Frente a esta situación, el sector busca reinventarse revalorizando «un producto con grandes cualidades nutritivas (rico en proteínas de alta calidad y bajo en grasas) que los expertos recomiendan en dietas saludables y de alto rendimiento deportivo.»
Para quién es (casi) perfecta
La lista de perfiles para los que el conejo resulta especialmente recomendado es larga, y llama la atención por su amplitud. Está especialmente recomendada para niños, adolescentes, personas mayores y grupos de población con necesidades proteicas elevadas, como las embarazadas o los deportistas. Además, está indicada en personas con sobrepeso, anemia, hipertensión, colesterol alto, gota y personas con un sistema digestivo delicado.
La digestibilidad es uno de sus argumentos más subestimados. Al ser una carne magra, contiene menos calorías y grasas saturadas que muchas otras carnes rojas y blancas, y además es un alimento muy fácil de digerir. Su versatilidad en la cocina permite acompañarla de múltiples ingredientes, brindando unas propiedades organolépticas excepcionales y una gran digestibilidad gracias a su bajo contenido en colágeno. Quien ha tenido molestias digestivas tras una comida copiosa sabe perfectamente lo que esto significa.
Para las personas que se mueven, entrena o simplemente quieren mantener la masa muscular sin acumular grasa, el argumento científico es contundente. Un estudio encargado por el Consejo Superior de Deportes señala que consumir tres veces por semana carne de conejo tiene efectos positivos sobre el rendimiento deportivo y la capacidad aeróbica, mejora la composición corporal (aumentando el componente muscular) y reduce la inflamación, lo que constituye un factor preventivo de enfermedades crónicas.
Hay también un efecto en el colesterol que va más allá de la prevención genérica. Un estudio de la Sociedad Española de Dietética y Ciencias de la Nutrición demostró que el consumo habitual de carne de conejo mejora los niveles de colesterol. El estudio se realizó con mujeres de más de 40 años afectadas por hipercolesterolemia que incluyeron este tipo de carne dos veces por semana en su dieta durante dos meses. El perfil demográfico del estudio coincide exactamente con parte del público que más preocupación tiene por la salud cardiovascular.
Rescatarlo de la memoria y llevarlo a la cocina
La carne de conejo no requiere técnicas complejas. Su textura suave y su sabor delicado la hacen enormemente agradecida con marinados, especias, guisos lentos y también con preparaciones rápidas al horno. Está en la paella valenciana, en el conejo al ajillo, en los guisos de la abuela que hoy nos parecen demasiado elaborados pero que en realidad no lo son tanto. Lo que falta no es tiempo, sino el hábito de comprarla.
La carne de conejo puede ser consumida de forma muy habitual. La Sociedad Española de Nutrición Comunitaria (SENC) recomienda tres o cuatro raciones a la semana de carnes magras, como la de conejo, alternando su consumo con otras carnes, como la de pollo, pavo o ternera. No se trata de sustituir el pollo de golpe, sino de dejar espacio en el menú semanal para algo que, con todos los datos encima de la mesa, merece estar ahí.
La próxima vez que estés delante del mostrador de carnicería, con el pollo ya cogido por costumbre, quizás valga la pena preguntarse si la mejor elección es la más fácil o la que realmente nos conviene. La respuesta, en este caso, lleva bigotes.
Sources : quironsalud.com | agronewscastillayleon.com