El jugo sale disparado, la camiseta blanca paga el precio y la encimera parece escena de crimen. Existe una forma de evitarlo: abrir y desgranar la granada bajo el agua, dentro de un bol grande. Sumergida, la fruta no salpica ni una gota.
Una idea tan simple que cuesta creer que nadie nos la enseñara de pequeñas.
Octubre es su mes. Las granadas de la campaña española, con la Mollar de Elche como referente (tiene incluso denominación de origen protegida), llenan ahora los mercados de un rojo casi indecente.
- Desgranar la granada bajo el agua evita las salpicaduras.
- Los granos se hunden mientras la membrana blanca flota.
- Los granos se conservan en la nevera o congelados durante meses.
Lo que necesitas antes de empezar
Poca cosa: un bol hondo y ancho, un cuchillo pequeño con buen filo, un colador y un paño. Un delantal oscuro o una camiseta que te dé igual tampoco sobra, por si acaso. En la tienda, busca la granada que pese más de lo que aparenta, con la piel tersa y sin golpes ni grietas húmedas. Ese peso extra suele delatar una fruta jugosa, llena de granos.
Llena el bol con agua fría hasta tres cuartas partes de su capacidad, lo justo para que la fruta quede cubierta sin que rebose al meter las manos.
El método del bol de agua, paso a paso
Son cinco gestos, y los cuatro primeros llevan menos de cinco minutos. El quinto es pura satisfacción.
Primero, corta la corona, esa especie de sombrerito con pinchos de la parte superior. Hazlo con una incisión poco profunda, girando el cuchillo, hasta ver la pulpa blanca y los granos asomando.
Después, observa la piel: verás unas crestas que bajan desde la corona hacia la base, como los gajos de un globo terráqueo. Con el cuchillo, marca un corte superficial siguiendo cada cresta, de arriba abajo, sin hundir la hoja más de unos milímetros. Si cortas hondo, rajas los granos y empiezas a sangrar jugo antes de tiempo. Cuatro o cinco marcas bastan.
Ahora sumerge la granada en el bol y, con los pulgares, abre la fruta siguiendo las marcas. Ábrela como quien parte un pan, tirando suavemente hacia fuera. Todo ocurre bajo la superficie, así que el jugo se diluye en el agua en lugar de acabar en tu ropa.
Con la fruta abierta y todavía sumergida, separa los granos con los dedos, presionando desde la piel hacia el interior. Salen casi solos, y los que se resisten ceden con un pequeño empujón del pulgar. Ve apartando las membranas blancas a medida que aparecen. Conviene trabajar de gajo en gajo, sin prisa.
Los granos se hunden y la piel blanca flota.
Esa es la razón de que el método funcione tan bien: el agua hace de separador natural, y no tienes que ir quitando restos a ojo. Retira con la mano o una cuchara la membrana que sube a la superficie y vierte el resto en el colador.
Por qué no hace falta golpearla
Circula por redes la versión del cucharón: partir la granada por la mitad y azotarla con una cuchara de madera sobre un bol. Funciona, sí. Pero salpica, magulla parte de los granos y deja la cocina decorada como una pintura de Pollock.
Franchego, ese método tiene más de espectáculo que de eficacia. El del agua es silencioso y más delicado con la fruta, y rinde granos enteros, brillantes, sin amoratar.
Quizá por eso la granada lleva milenios asociada a lo difícil de conquistar. En el mito griego, Perséfone muerde unos pocos granos en el inframundo y ya no puede volver del todo.
Conservar, aprovechar y rescatar la ropa
Escurre bien los granos y sécalos con papel de cocina. Guárdalos en un recipiente hermético en la nevera, donde aguantan unos días en buen estado, o congélalos extendidos en una bandeja y luego pásalos a una bolsa para que no se apelmacen. Así tienes granada lista para meses.
Con esa reserva, cualquier plato gana un destello ácido y crujiente: sobre un hummus, en una ensalada de escarola y naranja, mezclada con yogur o esparcida sobre un asado de cordero.
Si alguna gota escapa a tu control, aclara la mancha con agua fría cuanto antes y frota con un poco de jabón.
¿Y si el verdadero secreto de esta fruta no fuera su sabor, sino la paciencia de tratarla con calma?