Todos nos empeñamos en airear y salir a media tarde durante la ola de calor: ese gesto de cada verano nos expone justo al pico de un gas que irrita los pulmones

Las siete de la tarde. El sol empieza a caer, el termómetro parece ceder un poco y, como cada verano, miles de personas abren las ventanas de par en par y salen a la calle a «tomar el fresco». Es un ritual casi automático, heredado de generaciones enteras. El problema es que, durante una ola de calor, esa hora concreta suele coincidir justo con el momento en que un contaminante invisible alcanza su concentración máxima en el aire: el ozono troposférico.

No hablamos de la capa de ozono que nos protege de la radiación ultravioleta, esa que vive a kilómetros de altura y que agradecemos. Este es su primo cercano y bastante menos simpático: el que se forma pegado al suelo, entre los coches, los balcones y los parques donde paseamos al perro. Y tiene un comportamiento muy predecible que casi nadie tiene en cuenta a la hora de decidir cuándo airear la casa o cuándo salir a caminar.

Lo esencial

  • El ozono no se emite directamente, sino que se forma cuando el sol calienta contaminantes del tráfico matinal
  • Los picos de ozono coinciden con el atardecer, justo cuando más gente abre ventanas creyendo que refrescó
  • El ejercicio físico al atardecer multiplica la exposición al ozono e inhala más cantidad en los pulmones

Un contaminante que se «cocina» con el sol

Lo curioso del ozono troposférico es que nadie lo emite directamente. No sale de un tubo de escape ni de una chimenea. A diferencia de otros contaminantes, el ozono troposférico no se emite directamente a la atmósfera, sino que se forma cuando la radiación solar intensa actúa sobre contaminantes procedentes principalmente del tráfico rodado, determinadas actividades industriales y otras fuentes emisoras de óxidos de nitrógeno y compuestos orgánicos volátiles. Dicho de forma sencilla: el tráfico de la mañana deja unos precursores flotando en el aire y el sol de mediodía los transforma, poco a poco, en ozono. Por eso los episodios de calor intenso suelen coincidir con un empeoramiento de la calidad del aire, especialmente durante las horas centrales del día.

El resultado es una especie de trampa horaria. Mientras el dióxido de nitrógeno, ese otro contaminante ligado directamente al tráfico, tiene su pico durante la hora punta de la mañana, el ozono necesita tiempo para «cocinarse» bajo el sol. Se trata de un contaminante secundario que se forma a partir de contaminantes precursores cuando se dan las condiciones meteorológicas adecuadas, por lo que los episodios más agudos de ozono tienen lugar en las tardes de verano. Justo cuando decidimos que ya ha refrescado lo suficiente para salir a pasear o para dejar la ventana abierta toda la tarde.

Las condiciones de una ola de calor son, además, el escenario perfecto para que esto se dispare. Cielos despejados, sol de justicia y ausencia casi total de viento son la combinación ideal. Los episodios de contaminación por niveles elevados de ozono en la atmósfera aparecen especialmente a finales de la primavera y durante los meses de verano, cuando las condiciones del clima son propicias para formar ozono, es decir, en días muy soleados, con ausencia de viento y con altas temperaturas, y en las horas centrales del día o a primera hora de la tarde, descendiendo conforme se acerca la noche. A eso hay que sumarle un matiz que sorprende a mucha gente: cuanto más lejos del centro de las ciudades, peor. Esta molécula, altamente reactiva, tiende a descomponerse en las zonas en las que existe una alta concentración de monóxido de nitrógeno, lo que explica por qué su presencia en el centro de las grandes ciudades suele ser más baja que en los cinturones metropolitanos y en las áreas rurales circundantes. Los barrios periféricos, las urbanizaciones a las afueras y hasta los pueblos cercanos a las grandes capitales, esos lugares donde uno cree que «se respira mejor», pueden estar recibiendo dosis más altas.

Lo que le hace de verdad a los pulmones

El ozono no es un gas cualquiera. Es un oxidante potente, y eso significa que ataca literalmente los tejidos con los que entra en contacto. El ozono es un potente oxidante que a concentraciones elevadas puede ocasionar efectos no deseables en la salud, afectando principalmente al aparato respiratorio y al sistema cardiovascular. El ozono actúa como un potente irritante químico sobre el epitelio pulmonar, mientras que las partículas finas dañan la integridad endotelial mediante estrés oxidativo, explica el neumólogo Francisco José Roig.

Los síntomas más frecuentes no son dramáticos a corto plazo, pero sí incómodos: tos persistente, escozor en los ojos, molestias en la garganta. El ozono puede irritar el sistema respiratorio, provocar tos y causar irritación de la garganta y otras mucosas, provocando, por ejemplo, escozor en los ojos. Y hay algo más sutil que rara vez se cuenta: el ozono puede reducir la función pulmonar y hacer más difícil la respiración, incluso en personas sanas que no padecen ninguna enfermedad respiratoria previa.

El detalle que cambia por completo el riesgo individual es el ejercicio físico. Salir a correr, montar en bici o simplemente caminar rápido durante ese pico vespertino multiplica la exposición. Mayor esfuerzo físico supone un aumento en la cantidad de ozono inhalado y, en consecuencia, una mayor penetración en los pulmones. Es la paradoja de quien sale a «hacer deporte al fresco» a las ocho de la tarde en pleno episodio de calor: cree que está cuidándose y, en realidad, está inhalando más ozono que si se hubiera quedado en el sofá.

Los grupos vulnerables lo notan antes y peor. Los pacientes con asma bronquial y la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica son unos de los grupos de mayor riesgo, y las cifras no son un detalle menor: en la EPOC, cada grado por encima de 23 grados se asocia con un aumento del 9 % en las exacerbaciones, y cada grado por encima de 29 grados eleva la mortalidad respiratoria un 7 %. Niños y personas mayores completan la lista de quienes deberían prestar más atención al reloj antes de salir.

Entonces, ¿cuándo abrir la ventana?

Aquí viene la parte contraintuitiva. Durante el invierno, la recomendación de ventilar a mediodía tiene toda la lógica: es cuando bajan los contaminantes del tráfico matinal. En verano, esa misma lógica se vuelve un error. En el caso de Madrid, los picos de contaminación de NO2 se dan por la mañana, a la hora punta de entrar a trabajar, por eso en invierno recomiendan ventilar a mediodía; sin embargo, en verano hay un aumento al mediodía de otro contaminante, el ozono, que unido a las altas temperaturas hace que sea mejor ventilar por la noche o temprano por la mañana.

La recomendación oficial para los días de episodios de ozono elevado va todavía más lejos, y quizá suene extraño para quien lleva toda la vida haciendo lo contrario: quedarse dentro. Ante todo, se aconseja permanecer en el domicilio o dentro de cualquier edificio en las horas centrales del día, en general las horas de más calor, puesto que las concentraciones de ozono en interiores son más bajas, menos del 50 %, que las del exterior. Si hay que salir sí o sí para hacer recados o para pasear, en casos inevitables, es preferible optar por madrugar o trasnochar.

Franchamente, cuesta romper con un gesto tan arraigado como abrir las ventanas al caer la tarde, ese momento en que el calor por fin parece dar tregua. Pero quizá sea justo esa sensación de alivio la que nos engaña: el aire se siente más respirable precisamente cuando, en términos químicos, no lo es tanto. La próxima vez que la piel note ese primer soplo de fresco vespertino, puede que valga la pena preguntarse si lo que realmente ha bajado es la temperatura, o solo la paciencia para seguir esperando dentro de casa.

Deja un comentario