Los neurólogos no empiezan nunca por los test de memoria: la señal que aparece hasta diez años antes y casi nadie relaciona con el olvido

Entras en la ducha, el vapor envuelve el gel de siempre y, sin embargo, ese olor a lavanda que llevas usando diez años te llega apagado, como si alguien le hubiera bajado el volumen. Lo achacas a un resfriado, al cansancio, a la edad. Pero ahí, en ese detalle minúsculo que nadie relaciona con el cerebro, podría estar escondida la primera pista real del Alzheimer, mucho antes de que aparezca el primer olvido.

Los neurólogos lo saben desde hace tiempo, aunque la ciencia solo ha empezado a explicar el mecanismo con precisión en los últimos meses: el deterioro en la capacidad para percibir olores puede aparecer hasta diez años antes de que se confirme el diagnóstico de Alzheimer. Diez años. El tiempo suficiente para que una persona cambie de trabajo, se mude de ciudad o críe a sus hijos sin sospechar que, en algún rincón del bulbo olfatorio, ya se está gestando algo.

Lo esencial

  • Los neurólogos detectan Alzheimer primero en la nariz, no en la memoria
  • Una molécula cerebral descontrola el sistema de limpieza neuronal en zonas olfativas años antes de cualquier olvido
  • La velocidad de pérdida del olfato es tan importante como el gen de riesgo genético más agresivo

La nariz habla antes que la memoria

El dato no es anecdótico. La pérdida del sentido del olfato, conocida como hiposmia o anosmia, es un síntoma no cognitivo muy temprano del Alzheimer, y el deterioro olfativo se observa en cerca del 85% de los casos, incluso en las fases iniciales. Franchement, es el tipo de señal que casi nadie toma en serio, precisamente porque no se parece en nada a lo que asociamos con esta enfermedad. Nadie piensa en su nariz cuando teme por su memoria.

Un equipo del Centro Alemán para Enfermedades Neurodegenerativas ha ido más allá de la observación clínica y ha puesto nombre al proceso biológico. Las células de la microglía, el sistema de defensa del cerebro, destruyen erróneamente las fibras nerviosas cruciales para la percepción de los olores, mucho antes de que se manifieste cualquier problema cognitivo. Según explica el investigador Lars Paeger, la presencia de una molécula concreta en el exterior de la membrana celular actúa como una señal para la microglía, que en el bulbo olfatorio suele estar asociada con la poda sináptica, un proceso que elimina conexiones neuronales innecesarias. El problema es que, en el Alzheimer, ese mecanismo de limpieza se descontrola y empieza a destruir lo que no debería tocar.

La explicación anatómica encaja con lo que ya se sabía. Este cambio, que suele pasar desapercibido, se relaciona con el daño en zonas del cerebro como el hipocampo y la corteza entorrinal, responsables de procesar recuerdos y experiencias sensoriales. Es decir, el olfato y la memoria comparten vecindario cerebral. Cuando una placa amiloide o un ovillo de proteína tau empieza a instalarse, suele aparecer primero en las zonas olfativas del cerebro y las asociadas a la memoria, antes de desarrollarse en otras partes de este órgano. La nariz, en cierto modo, es la primera vecina en enterarse del problema.

Por qué nadie lo relaciona con el olvido

Aquí está la contradicción que hace que este síntoma pase tan inadvertido: perder olfato se vive como algo banal, casi cosmético. Un covid pasado, la sinusitis crónica, la simple edad. Nadie corre al neurólogo porque el café de la mañana ya no le huele igual. Y sin embargo, un estudio publicado en la revista Neurology sobre más de 865 personas encontró que las personas que portan la variante genética asociada con el mayor riesgo de padecer Alzheimer pueden perder su capacidad para detectar olores antes que las personas que no portan esa variante, lo que convierte una simple prueba de olfato en un posible indicador precoz de riesgo.

La investigadora Rachel Pacyna, de la Universidad de Chicago, propone algo tan sencillo que sorprende: prestar atención a situaciones cotidianas, como la ducha, donde el contacto con el agua intensifica los aromas de jabones, cremas o champú; si una persona no logra identificar esos olores, podría tratarse de una señal de alerta. No hace falta un laboratorio. Hace falta, simplemente, dejar de normalizar lo que el cuerpo intenta decir.

Y aquí llega la parte contraintuitiva: no se trata solo de perder olfato de golpe, sino de la velocidad con la que se pierde. Un estudio de la Universidad de Chicago con más de 500 adultos mayores descubrió que un rápido declive del sentido del olfato de una persona durante un período de cognición normal vaticina múltiples características de la enfermedad de Alzheimer, incluyendo un menor volumen de materia gris en las áreas del cerebro relacionadas con el olfato y la memoria. El riesgo asociado a esa caída acelerada resultó comparable al de portar directamente el gen de mayor riesgo genético para la enfermedad, según los mismos investigadores.

No es la única señal que llega antes de tiempo

El olfato no viaja solo. Antes de que aparezca cualquier problema de memoria, muchos neurólogos observan primero cambios de comportamiento que se confunden con el estrés, la menopausia o simplemente el carácter. Los cambios emocionales y de comportamiento pueden manifestarse años antes de los problemas de memoria: apatía, irritabilidad, impulsividad, depresión o ansiedad son frecuentes en la fase temprana de la enfermedad. Una psiquiatra geriátrica del Mount Sinai de Nueva York lo resume con una idea incómoda: estas alteraciones suelen confundirse con trastornos del ánimo, pero con el tiempo se revelan como parte del cuadro demencial.

Hay incluso quien pierde peso sin explicación aparente años antes del diagnóstico, un dato que precede al diagnóstico de demencia y, según un estudio de 2024, comienza hasta diez años antes de detectar la enfermedad. Ninguna de estas señales, por separado, significa nada grave. Juntas, dibujan un mapa que merece una conversación con un especialista, no una búsqueda angustiada en internet a las tres de la madrugada.

Así que la próxima vez que el café no huela como siempre, o que alguien de la familia empiece a mostrar una apatía que no le pega nada, quizá la pregunta correcta no sea «¿se le está olvidando algo?», sino otra completamente distinta: ¿qué nos está diciendo el cuerpo diez años antes de que decidamos escucharlo?

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